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Bourita acorrala a Attaf en Madrid: la diplomacia marroquí estrecha el cerco sobre la tesis argelina e impone la lógica del plan de autonomía

Bourita acorrala a Attaf en Madrid: la diplomacia marroquí estrecha el cerco sobre la tesis argelina e impone la lógica del plan de autonomía

 

 

ALDAR/ Iman Alaoui

La escala de Madrid en la agenda del ministro de Asuntos Exteriores, Cooperación Africana y Marroquíes Residentes en el Extranjero, Nasser Bourita, no fue un encuentro diplomático más. Se convirtió, por el contrario, en un momento político revelador que profundizó el aislamiento del discurso argelino sobre la cuestión del Sáhara marroquí y colocó al ministro de Exteriores de Argelia, Ahmed Attaf, ante preguntas incómodas a las que no logró ofrecer respuestas convincentes durante su encuentro en la Embajada de Estados Unidos en Madrid. La capital española fue escenario del protagonismo de la diplomacia marroquí como fuerza iniciadora, frente a la evidente confusión de una narrativa argelina desgastada y reiterativa.

En Madrid, Bourita presentó el dossier del Sáhara marroquí con un tono sereno pero firme, apoyándose en una acumulación diplomática de largo recorrido que ha permitido que la iniciativa de autonomía pase de ser una simple propuesta política a una referencia internacional respaldada por un número creciente de capitales influyentes dentro y fuera de la Unión Europea. Este giro cualitativo en la posición de la iniciativa marroquí redujo drásticamente el margen de maniobra de Argelia, ahora cercada por un discurso realista, anclado en las resoluciones del Consejo de Seguridad y orientado a una solución política práctica y duradera, frente a una tesis separatista que ya no encuentra eco real en los círculos decisorios.

Los movimientos marroquíes en Madrid confirmaron que el debate internacional ya no gira en torno a la legitimidad de la solución marroquí, sino a los mecanismos para su implementación y a las garantías de su estabilidad. Esta evolución situó a Ahmed Attaf en una incómoda posición defensiva, especialmente ante el aumento de los interrogantes sobre el papel real de Argelia en la prolongación del conflicto y las contradicciones entre su discurso oficial sobre la autodeterminación y la situación de los derechos humanos y la transparencia en los campamentos de Tinduf. La ausencia de un censo, la falta de libertad de expresión y la instrumentalización del expediente con fines geopolíticos son factores que minan cada vez más la credibilidad del relato argelino.

Lo más llamativo de la etapa madrileña es que España ya no se presenta como un actor neutral que equilibra a las partes, sino como un agente europeo cada vez más alineado con la lógica de la realpolitik defendida por Marruecos, tras considerar la iniciativa de autonomía como la base más seria y creíble para resolver el conflicto. Este cambio ha reforzado la posición de Rabat en el espacio europeo y ha convertido a Madrid en una plataforma que evidencia el contraste entre una diplomacia marroquí organizada y coherente y un discurso argelino atrapado en la repetición de los mismos eslóganes, sin un horizonte político claro.

La diplomacia de Bourita, tal como se manifestó en Madrid, no recurrió a la escalada ni a la provocación, sino que apostó por desmantelar con calma la narrativa argelina, trasladando el debate del terreno ideológico al de la estabilidad regional y los intereses compartidos. En ese marco, Marruecos aparece como un socio fiable en materia de seguridad, energía, migración y cooperación afro-europea. Este enfoque deja a los adversarios en una posición de aislamiento, elevando el tono mediático sin disponer de herramientas reales de influencia en los centros de decisión internacionales.

Desde esta perspectiva, la estación de Madrid no debe leerse como un episodio diplomático aislado, sino como un eslabón más de un proceso que acerca la cuestión del Sáhara marroquí a una fase de definición política, en la que se reducen las zonas grises y se impone la lógica del realismo frente a las ilusiones separatistas. En este contexto, Marruecos consolida su papel como actor regional en ascenso, mientras Argelia se enfrenta a un creciente callejón diplomático sin salida, marcado por su incapacidad para adaptarse a las transformaciones internacionales o para proponer una alternativa viable.

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